Hoy por la mañana “alguno” nos hemos levantado con el pie cambiado, así que decidimos unilateralmente que era mejor separarnos y tomarse la mañana libre. Estos se han ido al Guggenheim y a la ONU y yo me he ido a Chinatown a ver a mis colegas orientales. En el Columbus Park había un concierto de música tradicional china, así que me he tirado en el césped rodeado de venerables ancianos “milenarios” a disfrutar de sus melodiosas voces. Esto es pura ironía, qué berridos meten los jodíos, pero los instrumentos que tocan son alucinantes y me pude echar unas risas. También había corrillos de chinos jugando sobre un tablero a un juego con fichas con símbolos (chinos) que no logré comprender, y abuelas que jugaban a una variante del póker. Qué graciosas ellas.
Ya reunido de nuevo el equipo comansi y de mejor humor, nos apretamos unas costillas en el Virgil’s BBQ, que estaba al lado del hotel. Nada a destacar, salvo que es la primera vez que veo una ensalada con carne hilada. Y eso que la pedimos para bajar nuestros niveles de colesterol…
Por la tarde, subimos al Top of The Rocks, la azotea del Rockefeller Center. Hiper-recomendable. Mucho más que el Empire State. Las vistas son bastante mejores y ni hay colas, ni apenas gente, al menos cuando fuímos nosotros. Son “sólo” 67 plantas más alguna más que subes en escalera mecánica, pero se tiene mejor percepción de las alturas de la ciudad y sus rascacielos. Además se ve todo Central Park.
Después nos fuimos al West River Park, y a la altura de la 42 West Side nos cogimos un Water Taxi que bordea todo Manhattan y te deja en la 35 del East Side, pasando por los puentes de Brooklyn y de Manhattan. Los 15 pavos mejor empleados del día, sin duda…
Unas cervecitas para apagar la sed y una pizza en el John’s a las 11 y media de la noche (seguimos con horario europeo) completaron el día










¡Cuántos recuerdos maravillosos ha dejado esta ciudad en nosotros!